jueves, 19 de marzo de 2026

La libertad frente al deseo Las decisiones de la vida no siempre pueden ir alineadas a los mandatos evolutivos. El deseo puede ir en una dirección en contra a los valores propios o de la comunidad a la que pertenecemos. La biología puede avalar lo que la conciencia no. Desde la lógica evolutiva, el comportamiento está orientado a sostener la supervivencia y la reproducción. Por consiguiente genera una tensión entre la biología, el deseo y la regulación simbólica, o sea los valores. El ser humano no solo vive en el plano biológico. Desarrolló una conciencia dando la aparición a valores y normas sociales. Esto da lugar a otro plano que oficia en la regulación de la convivencia. En ese plano hablamos del límite, la elección y la responsabilidad. No todo lo que se deseamos es legítimo pese a que tenga una base biológica. Eso que deseamos no desaparece de nosotros por el hecho de ser ilegítimo, sino que persiste e insiste. Si se lo intenta anular entonces reaparece como un síntoma por lo que nace un conflicto interno, que puede aun agravarse por el sentimiento de culpa que suele ser más rígido que el valor que se intenta defender. El trabajo es reconocerlo sin negarlo, entendiendo la raíz y decidir qué hacer con eso en función a los propios valores, no solo de mandatos externos. Nuestra libertad no reside en no tener impulsos sino en no estar gobernado por ellos.

martes, 17 de marzo de 2026

Empatía Me inquietó desde mi rol en las charlas con personas una vinculación entre su bienestar y las acciones que estos sostenían con otras personas en posible posición de desventaja. Así mismo observe lo opuesto, aquellas personas que su enojo los desbordaba, los dolores físicos los perseguían, las quejas se repetían contantemente. Los mismos que permanecían en vivencias de insatisfacciones suscitadas y estados vindicativos o en búsquedas de reconocimiento a cualquier precio. En estos últimos era común que no lograran ver a los otros con compasión, que no es lastima, no es una posición de jerarquías, donde uno está por encima del otro sintiendo lastima, sino una comprensión del sufrimiento ajeno. Entonces revisé, leí, empecé a repasar y estar más atento a esto. Sentí encontrar una solución, quiero hablar sobre lo que yo considero un remedio, un modo, un camino. Una sanación es posible, trabajar sobre nuestra posibilidad de empatizar y lograr ser caritativos. Pero para llegar a la empatía y luego a la acción de caridad, primero me gustaría hablar de la atención, ¿de qué trata esta función psíquica? Las áreas del cerebro involucradas en la atención son la Corteza Prefrontal, el sistema reticular activador ascendente (SRAA), este está conformado por una amplia red de neuronas que se extiende desde la base del cerebro y asciende hacia la corteza cerebral. Esto nos permite estar en alerta y conscientes. Los neurotransmisores que habitan el SRAA son la dopamina, noradrenalina y serotonina. Estos neurotransmisores hacen que nos podamos mantener atentos y en alerta. Bien, pero esta función psicología, la atención, no solo nos sirve para estar en alerta, sino que también cumple con posibilitarnos la concentración, focalizarnos en algo, dirigir nuestra mirada hacia algo en particular, dirigir y sostener sobre algo o alguien. Nazareth Casstellanos, científica y divulgadora, hizo una definición que me pareció muy apropiada para vincular la función de la atención con lo que realmente es mi motivo de este escrito, la empatía caridad. Ella dice que atender es desatender. Claro, ahí me di cuenta. A qué estamos atendiendo, o en qué nos estamos concentrando que no logramos la empatía. Por lo que no logramos concentrarnos en el otro. Tomemos como una primera y básica definición que la empatía es ponerse en el lugar del otro comprendiendo lo que le sucedería. Acá aparece un elemento más, El ego. ¿Cómo jugaría en todo esto? El ego no es malo, siempre y cuando no nos olvidemos que es solo una estructura funcional que entre otras cosas nos sirve para percibir, evaluar la realidad, tomar decisiones consientes, contener nuestros impulsos. Una funcionalidad y no una esencia. El ego se vuelve en nuestra contra cuando nos identificamos con la imagen que creemos ser, pero que solo creemos, no con lo que esencialmente somos. Desde la filosofía gestáltica, se diría que el ego es una construcción necesaria para funcionar, pero que debe ser transparente, dice es un instrumento, no un amo, muchos somos dominados por él. Y es en ese momento cuando nos alejamos de lo más puro y saludable. Cuando la atención se libera del ego como centro, utilizando por ejemplo la práctica de la atención plena o la presencia empática, es ahí donde emerge una forma más profunda de empatía, porque se percibe al otro sin filtros egocéntricos. Cuando el Ego se rigidiza o se sobredimensiona, busca defender su identidad constantemente. Surgen mecanismos de defensa como la proyección, el juicio o la comparación, en ese estado la atención se vuelve autorreferencial, nos centramos en nuestra propia imagen buscando, necesitando tener razón o queriendo ser validados. La empatía disminuye, porque el otro se percibe como una amenaza o un espejo que pone en evidencia lo que el ego no tolera ver. Carl J. Jung definió La Sombra, como aquella actividad inconsciente que ve en el afuera aspectos inconscientes, negados, reprimidos, rechazados socialmente, o por uno mismo. Lo oscuro que solo pueden verse reflejado en los demás. Una proyección de lo negado internamente. Entonces es necesaria una acción que involucre desconcentrarse para lograr atención y así empatizar. Dejar de mirarnos a nosotros mismos. Viktor Frankl (1905–1997) psicólogo, creador de la Logo Terapia. Sostuvo que la caridad y la empatía no son meros actos morales, sino expresiones del sentido de una propia existencia del ser humano. Mencionó que el hombre encuentra significado a la vida al vincularse amorosamente con el otro. Hubo un experimento de la Universidad de California, en Los Ángeles, en el año 2000 y que dio unas publicaciones en el 2005 y 2010, este se centró en cómo el voluntariado y los actos altruistas impactan en la salud mental y emocional. El grupo de participantes comprometidos comenzaron a hacer voluntariados en refugios, comedores comunitarios y apoyo a personas en situaciones de vulnerabilidad. Los resultados revelaron que quienes participaban en estas actividades experimentaban un aumento significativo en su bienestar general, una mayor satisfacción con la vida. Esto se interpretó como un efecto positivo de la empatía y la conexión social, ya que, al ayudar a otros, se fortalece el sentido de propósito y la conexión con la comunidad. Provocando también una reducción de los niveles de estrés y ansiedad. El estrés es una función necesaria para supervivencia, pero cuando lo estamos viviendo de forma crónica, o sea de manera constante, sumergidos en pensamientos rumiantes, en sucesivos conflictos vinculares, preocupaciones de diferente tipo. Ante esto los reguladores de cortisol se sobrecargan y se dificulta su nivelación. Las glándulas suprarrenales liberan por todo el torrente sanguíneo cortisol y nuestro sistema nervioso adrenalina y noradrenalina, situación que perduraría por durante aproximadamente noventa minutos en nuestro cuerpo. Con esto el sistema inmune se ve afectado. Aparece la ansiedad involucrando y afectando áreas cognitivas, ejemplo memoria. Generando tiempos de Insomnio y fatiga. El cortisol liberado a partir de la situación de estrés empieza a generar efectos metabólicos como un aumento del apetito y acumulación de grasa abdominal. De los resultados también se obtuvo que los efectos positivos obtenidos después de esas actividades no solo eran temporales, sino que se mantenían a largo plazo, lo que sugiere un beneficio sostenido en el tiempo de la salud mental. Encontré varios estudios similares al de la Universidad de California. En 2013 otro estudio en la Universidad de Harvard mostraba como las áreas del cerebro relacionadas con la recompensa (sensación de bienestar) y la empatía se activaban mostrando un incremento en su actividad. En la Universidad de Stanford en 2018 se concluyó después del análisis de las experiencias realizadas que la resiliencia y la percepción de un bienestar general eran presentes en aquellos que habían ejercido la caridad. La resiliencia es la capacidad que podemos tener para adaptarnos y salir de manera fortalecida ante la adversidad. Todo da evidencia solida que la actividad altruista, voluntariosa, empática, la caridad no solo benefician al que la recibe, sino que también al que la ejerce. No nos evita el sufrimiento nos ayuda a percibirlo como una posibilidad de cambio y transformación. El ejercicio de la empatía, pero esta no como un ideal abstracto, sino un modo de estar en el mundo, conectados con el que está al lado, o un poco mas allá, reeduca nuestro sistema nervioso y alimenta el corazón. Ya cerrando, no quiero dejar afuera lo que para mí como definición de Amor encontré más acorde en las charlas diarias. Una cantidad de interés por el bienestar del otro, más allá que ese bienestar no tenga que ver con nosotros mismos. Amor, regocijo en el bienestar del mudo. 28 del octubre 2025.
Offēnsa La intención de este escrito es brindar orientación a quienes, en algún momento, se encontraron frente a un amigo o familiar que se mostró dolido u ofendido y que, acto seguido, los culpó de su enojo y se retiró del vínculo sin dar lugar a explicación alguna. Cuando percibimos que alguien ya no nos habla como antes, o directamente nos evita, es natural que surja la duda. Aparece entonces un bucle de pensamientos, ¿qué hice?, ¿en qué fallé?, ¿de qué soy culpable o responsable? En situaciones así buscamos certezas, intentamos no perder el control, vamos detrás de una verdad imaginada, ensayando posibles causas del enojo del otro. Detrás de esto hay miedo a perder el vínculo, a ser rechazados, a quedar afuera. La intensidad de ese miedo varía según la historia psíquica de cada uno. Es necesario advertir esa compulsión al control y a la certeza, hacerla consciente y desestimarla, para no quedar atrapados en pensamientos rumiantes que no conducen a ningún esclarecimiento real. La persona ofendida, molesta o enojada, cuando logra expresar lo que le pasa, suele hacerlo desde el reproche. Enumera con seguridad todo lo que hizo por el otro a lo largo de los años, favores, atenciones, gestos. Muchas veces se presenta como un anfitrión ejemplar, alguien que “dio todo”. Desde allí, adopta una posición de superioridad moral, como si hablara desde un púlpito ético, explicando cómo debería ser una amistad y ubicándose por encima de lo que el otro puede ofrecer. La relación pasa a medirse en términos de cuánto dio cada uno y cuánto recibió. Muchos habrán vivido situaciones así de reclamos cargados de reproche, celos encubiertos, una vivencia de victimización que es sostenida en una idea de justicia propia. Personas que se sienten moral y éticamente superiores, y que, al sentirse ofendidas, rompen el vínculo sin habilitar la posibilidad de alguna explicación o reparación. Deciden retirarse. No les interesa conservar la relación, les pesa más su orgullo y su verdad. La pregunta es inevitable: ¿es tanto el dolor que sienten? Heinz Kohut (1913–1981), fundador de la Psicología del Self, sentó las bases teóricas para comprender estructuras psíquicas que luego serían denominadas narcisismo vulnerable. Desde la etimología, Narciso proviene del griego nārke, que significa entumecimiento, anestesia. De allí deriva también la palabra narcótico. Cabe entonces preguntarse si no estamos frente a una cierta insensibilidad hacia el otro, una dificultad para empatizar, como si el efecto narcótico impidiera registrar a un semejante. ¿Cuáles son los mecanismos psíquicos que predominan en estas personas y qué las lleva a actuar de este modo? Se trata de sujetos con un yo frágil, que necesitan aprobación constante. Ponen a prueba los vínculos para sentirse valorados. Sostienen la relación en tanto perciban reconocimiento. Esperan atención permanente y un validación continua. En contextos sociales suelen hablar de sí mismos, de sus logros, habilidades o anécdotas, buscando impresionar. Son marcadamente autorreferenciales. Incluso cuando escuchan al otro, tienden a llevar el relato nuevamente hacía ellos. Presentan una marcada hipersensibilidad al agravio. Están atentos a señales que, desde su lectura subjetiva, indicarían desinterés o desvalorización. Interpretan intenciones, vigilan conductas y juzgan qué se debe y qué no se debe hacer, siempre desde su propio código moral. La amistad, para ellos, es cuantificable, favores, tiempo, intercambios. La ecuación es cuánto doy y cuánto recibo. Sin embargo, una amistad madura no se mide en términos cuantitativos, sino cualitativos. Lo central es la calidad del vínculo, no el balance de cuentas. Subyace un miedo profundo a no importar, a quedar excluidos. Necesitan sentirse indispensables. Desde la Psicoterapia Cognitivo-Conductual se describe un pensamiento disfuncional llamado inferencia arbitraria, por ejemplo, cuando un amigo establece un vínculo con un tercero y esto es interpretado automáticamente como deslealtad. Estas personas dan por sentado que los demás deberían saber lo que necesitan, sin que sea necesario pedirlo. Esperan ser ayudadas incluso sin solicitarlo. Conciben la amistad como un ejercicio de intuición y anticipación. Este modo suele tener raíces en experiencias tempranas, momentos en los que esperaron atención, comprensión, un llamado, un gesto, y nada de eso ocurrió. Vivencias de rechazo o desaprobación, muchas veces en el ámbito familiar. La amistad con personas así se vuelve inestable. Nunca se sabe qué gesto será interpretado como ofensa. Uno se siente permanentemente evaluado. Viven en estado de examen, atentos a las conductas ajenas para confirmar si son queridos o rechazados. Este modo de vínculo es propio de una lógica infantil, opuesta a un vínculo adulto y explícito. En una relación madura, lo que se necesita se pide. No se examina al otro desde una posición de superioridad. No hay exclusión ni exclusividad. Las personas no compiten por ser elegidos como amigos. Para el narcisista vulnerable, pedir ayuda activa creencias disfuncionales del tipo: “si necesito, no valgo” o “si tengo que pedir, no soy importante”. Esto incrementa la ansiedad y la vergüenza anticipada. La demanda queda inhibida y es reemplazada por expectativas implícitas y las lecturas personalizadas que hacen de la conducta ajena. Cuando el otro no responde espontáneamente, eso es vivido como rechazo o falta de afecto. El circuito se cierra con frustración y ahí llega la retirada del vínculo, sin posibilidad de confrontación ni reparación. El honor personal pesa más que la relación. Si no hay una revisión interna, si no se trabajan las heridas tempranas que dieron origen a un yo frágil sostenido en la aprobación externa, estas personas repetirán vínculos marcados por la decepción, convencidos de que son los otros quienes “no saben querer” A.D.M. 10-02-2026
Desde las conversaciones con los pacientes van surgiendo temas que generan un interés posiblemente porque se reiteran. Me intriga saber lo que está implícitamente en determinadas conductas, en episodios que se repiten en varias personas a raíz de iguales costumbres. Es común que expresen sentimientos de frustración que parten de la comparación con otras personas que mostrarían sus vidas públicamente. Es constante ver el tiempo y energía empleada en conductas nada saludables a lo largo del día. En este escrito voy a desarrollar los aspectos psiconeurológicos que intervienen en el uso de las redes sociales, tales como aquellas en las que se expone la supuesta imagen. Me centraré en Instagram, solo porque sería aquella que hoy está siendo más utilizada por aquellas personas con las que suelo contactarme. Comencemos por sus inicios. Sus creadores según he investigado lo que buscaron en un principio era solo que una persona pueda llegar a otras no con un texto sino con unas fotografías editables con filtros, que las otras personas que vieran el contenido supieran quién era quien lo publicaba. Detengámonos en ese punto ¿las personas que visitan el perfil ven quién es realmente el qué publicó esa foto? ¿O ven lo que el otro intenta mostrar? Ocultando el sentimiento real que subyace en ese momento, o la intención fehaciente de esa publicación. Se trata de la construcción de una identidad a partir de lo que se muestra. Con el tiempo, el fin de la aplicación se desplazó al negocio publicitario. Y para ello fue necesario desarrollar mecanismos que hicieran que los usuarios permanezcan más tiempo frente al catálogo de ofertas comerciales que van desde productos, servicios, política, etc. Se orientó a mantener al usuario produciendo y consumiendo contenido. No voy a hablar sobre una patología en sí misma. Sí hay patrones que se repiten. El proceso de la exposición comienza con las acciones de buscar lo que se considera la mejor foto de todas las sacadas en ese momento, aquella que haya logrado la mejor exposición o con la que sea más fácil la edición. El lugar físico, el ambiente o el paisaje, es importante. Ese escenario que indique donde estoy o que señale el supuesto poder logrado, o estatus visible en lo arquitectónico o en el vehículo. También es considerado importante con quién estamos en esa fotografía. Quien eligió estar a nuestro lado y a quien se lo hemos permitido. Y para lograr aún más impresión se puede agregar a la imagen una frase, que hasta paradójicamente puede ser una supuesta enseñanza de vida. Con todo listo el proceso continúa cuando subimos la información, la foto y su comentario. Se revisa como se exhibe. Y ahí la dopamina se incrementa. La expectativa y gratificación por los corazoncitos o más por los comentarios es lo que sigue. ¿Qué sucede si la exposición, si el producto que subimos no logró lo que esperábamos? Si no logra la repercusión en los seguidores. Si no hay indicadores de aceptación o gusto. Ahí aparece el problema, se rompe el circuito de recompensa esperado, esperábamos esa dosis de dopamina por la validación social, esa dosis que anticipamos. Cuando no llegan las respuestas, ocurre un error de predicción donde nuestro cerebro se queda sin la gratificación que esperaba. Eso genera frustración y en algunos casos el impulso inquietante por volver a publicar, entonces aquello que pudo ser creativo pasa a ser una compulsión. Intensificando frases o exponiendo más fotos. Paradójicamente esto genera más rechazo. Para este momento hay una herida narcisista dado que no se encontró la respuesta esperada posterior a una exposición. Ahí sentimos que nos dejó sin un sostén externo. No hay un ajuste entre la imagen propia y la que se devuelve socialmente. O sea entre lo que creíamos que somos y la repercusión social obtenida. En el uso intensivo de redes la imagen pública pasa a ocupar la figura dominante, o sea cómo me veo, cómo me perciben, qué impacto genero. Y en otro plano, en el fondo, lo sentido, lo ambiguo de lo emocional, quedando lo no resuelto como algo relegado. Privilegiándose lo expuesto por sobre lo vivido. Esto tiene como riesgo que la persona aprende a tomar mayor registro de la apariencia. Incorporando los ideales sociales del supuesto éxito, de lo que sería la belleza y la plenitud. Así se evita el contacto emocional, el cual se reemplaza por frases elaboradas y en una estética alejada de lo sentido real. Citando a Fritz Perls (1893·1970) terapeuta Gestáltico, él advertía sobre el riesgo de vivir en representaciones en lugar de en experiencias. En este sentido Instagram facilita una “metavida” , la persona no solo vive algo, sino que simultáneamente se observa viviéndolo y pensando cómo mostrarlo. Esa autoobservación constante fragmenta el contacto inmediato con la vida misma. Instagram fortalece excesivamente la función personalidad como máscara social en un franco detrimento de la espontaneidad y de la libre elección. Se actúa más para sostener una identidad que para expresar una experiencia real. Desde una perspectiva Neurológica los “likes” funcionan como refuerzos intermitentes, liberan dopamina en el cerebro y construyen el hábito, como mencioné anteriormente, todo esto sucede en el circuito de recompensa mesolímbico. La participación de la corteza prefrontal medial se activa en el pensar y en la búsqueda de como mostrar “quién soy”. Otra área implicada es la amígdala que modula la sensibilidad a la evaluación social, la intensidad de la activación es en función a la aprobación que se produce con lo expuesto, o sea con el material elegido para mostrar. Desde lo psicológico puedo agregar que la imagen que mostramos a través de la exposición se convierte en un sostén narcisista, no necesariamente narcisismo patológico; sí una autoestima dependiente del espejo social, que busca la validación y el sentido de pertenencia. Se elabora hacia afuera aquello que cuesta procesar internamente. Con las fotos y las frases que las acompañan se daría un orden simbólico de la propia historia, dando la ilusión de un supuesto orden propio con un sentido a los cambios vitales. Es preocupante el uso de redes sociales como Instagram, cuando hay una compulsión en la acción de mostrar que lleva a la necesidad de calmar una ansiedad. Hay alarma cuando está el desfasaje entre la vida real y el personaje mostrado. Si nos podemos sostener sin publicar y no hay desorganización, entonces hay flexibilidad. Puede ser sano como forma de comunicar o simbolizar. ¿Lo que publicas lo haces desde el deseo y la presencia o desde la carencia y la evitación? Esa es la pregunta que invito a hacernos.