martes, 17 de marzo de 2026
Desde las conversaciones con los pacientes van surgiendo temas que generan un interés posiblemente porque se reiteran. Me intriga saber lo que está implícitamente en determinadas conductas, en episodios que se repiten en varias personas a raíz de iguales costumbres. Es común que expresen sentimientos de frustración que parten de la comparación con otras personas que mostrarían sus vidas públicamente. Es constante ver el tiempo y energía empleada en conductas nada saludables a lo largo del día.
En este escrito voy a desarrollar los aspectos psiconeurológicos que intervienen en el uso de las redes sociales, tales como aquellas en las que se expone la supuesta imagen. Me centraré en Instagram, solo porque sería aquella que hoy está siendo más utilizada por aquellas personas con las que suelo contactarme.
Comencemos por sus inicios. Sus creadores según he investigado lo que buscaron en un principio era solo que una persona pueda llegar a otras no con un texto sino con unas fotografías editables con filtros, que las otras personas que vieran el contenido supieran quién era quien lo publicaba. Detengámonos en ese punto ¿las personas que visitan el perfil ven quién es realmente el qué publicó esa foto? ¿O ven lo que el otro intenta mostrar? Ocultando el sentimiento real que subyace en ese momento, o la intención fehaciente de esa publicación. Se trata de la construcción de una identidad a partir de lo que se muestra.
Con el tiempo, el fin de la aplicación se desplazó al negocio publicitario. Y para ello fue necesario desarrollar mecanismos que hicieran que los usuarios permanezcan más tiempo frente al catálogo de ofertas comerciales que van desde productos, servicios, política, etc. Se orientó a mantener al usuario produciendo y consumiendo contenido.
No voy a hablar sobre una patología en sí misma. Sí hay patrones que se repiten.
El proceso de la exposición comienza con las acciones de buscar lo que se considera la mejor foto de todas las sacadas en ese momento, aquella que haya logrado la mejor exposición o con la que sea más fácil la edición. El lugar físico, el ambiente o el paisaje, es importante. Ese escenario que indique donde estoy o que señale el supuesto poder logrado, o estatus visible en lo arquitectónico o en el vehículo. También es considerado importante con quién estamos en esa fotografía. Quien eligió estar a nuestro lado y a quien se lo hemos permitido. Y para lograr aún más impresión se puede agregar a la imagen una frase, que hasta paradójicamente puede ser una supuesta enseñanza de vida. Con todo listo el proceso continúa cuando subimos la información, la foto y su comentario. Se revisa como se exhibe. Y ahí la dopamina se incrementa. La expectativa y gratificación por los corazoncitos o más por los comentarios es lo que sigue.
¿Qué sucede si la exposición, si el producto que subimos no logró lo que esperábamos? Si no logra la repercusión en los seguidores. Si no hay indicadores de aceptación o gusto. Ahí aparece el problema, se rompe el circuito de recompensa esperado, esperábamos esa dosis de dopamina por la validación social, esa dosis que anticipamos. Cuando no llegan las respuestas, ocurre un error de predicción donde nuestro cerebro se queda sin la gratificación que esperaba. Eso genera frustración y en algunos casos el impulso inquietante por volver a publicar, entonces aquello que pudo ser creativo pasa a ser una compulsión. Intensificando frases o exponiendo más fotos. Paradójicamente esto genera más rechazo. Para este momento hay una herida narcisista dado que no se encontró la respuesta esperada posterior a una exposición. Ahí sentimos que nos dejó sin un sostén externo. No hay un ajuste entre la imagen propia y la que se devuelve socialmente. O sea entre lo que creíamos que somos y la repercusión social obtenida.
En el uso intensivo de redes la imagen pública pasa a ocupar la figura dominante, o sea cómo me veo, cómo me perciben, qué impacto genero. Y en otro plano, en el fondo, lo sentido, lo ambiguo de lo emocional, quedando lo no resuelto como algo relegado. Privilegiándose lo expuesto por sobre lo vivido. Esto tiene como riesgo que la persona aprende a tomar mayor registro de la apariencia. Incorporando los ideales sociales del supuesto éxito, de lo que sería la belleza y la plenitud. Así se evita el contacto emocional, el cual se reemplaza por frases elaboradas y en una estética alejada de lo sentido real.
Citando a Fritz Perls (1893·1970) terapeuta Gestáltico, él advertía sobre el riesgo de vivir en representaciones en lugar de en experiencias. En este sentido Instagram facilita una “metavida” , la persona no solo vive algo, sino que simultáneamente se observa viviéndolo y pensando cómo mostrarlo. Esa autoobservación constante fragmenta el contacto inmediato con la vida misma.
Instagram fortalece excesivamente la función personalidad como máscara social en un franco detrimento de la espontaneidad y de la libre elección. Se actúa más para sostener una identidad que para expresar una experiencia real.
Desde una perspectiva Neurológica los “likes” funcionan como refuerzos intermitentes, liberan dopamina en el cerebro y construyen el hábito, como mencioné anteriormente, todo esto sucede en el circuito de recompensa mesolímbico. La participación de la corteza prefrontal medial se activa en el pensar y en la búsqueda de como mostrar “quién soy”. Otra área implicada es la amígdala que modula la sensibilidad a la evaluación social, la intensidad de la activación es en función a la aprobación que se produce con lo expuesto, o sea con el material elegido para mostrar.
Desde lo psicológico puedo agregar que la imagen que mostramos a través de la exposición se convierte en un sostén narcisista, no necesariamente narcisismo patológico; sí una autoestima dependiente del espejo social, que busca la validación y el sentido de pertenencia. Se elabora hacia afuera aquello que cuesta procesar internamente.
Con las fotos y las frases que las acompañan se daría un orden simbólico de la propia historia, dando la ilusión de un supuesto orden propio con un sentido a los cambios vitales.
Es preocupante el uso de redes sociales como Instagram, cuando hay una compulsión en la acción de mostrar que lleva a la necesidad de calmar una ansiedad. Hay alarma cuando está el desfasaje entre la vida real y el personaje mostrado.
Si nos podemos sostener sin publicar y no hay desorganización, entonces hay flexibilidad. Puede ser sano como forma de comunicar o simbolizar.
¿Lo que publicas lo haces desde el deseo y la presencia o desde la carencia y la evitación? Esa es la pregunta que invito a hacernos.
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