martes, 17 de marzo de 2026
Offēnsa
La intención de este escrito es brindar orientación a quienes, en algún momento, se encontraron frente a un amigo o familiar que se mostró dolido u ofendido y que, acto seguido, los culpó de su enojo y se retiró del vínculo sin dar lugar a explicación alguna.
Cuando percibimos que alguien ya no nos habla como antes, o directamente nos evita, es natural que surja la duda. Aparece entonces un bucle de pensamientos, ¿qué hice?, ¿en qué fallé?, ¿de qué soy culpable o responsable? En situaciones así buscamos certezas, intentamos no perder el control, vamos detrás de una verdad imaginada, ensayando posibles causas del enojo del otro.
Detrás de esto hay miedo a perder el vínculo, a ser rechazados, a quedar afuera. La intensidad de ese miedo varía según la historia psíquica de cada uno. Es necesario advertir esa compulsión al control y a la certeza, hacerla consciente y desestimarla, para no quedar atrapados en pensamientos rumiantes que no conducen a ningún esclarecimiento real.
La persona ofendida, molesta o enojada, cuando logra expresar lo que le pasa, suele hacerlo desde el reproche. Enumera con seguridad todo lo que hizo por el otro a lo largo de los años, favores, atenciones, gestos. Muchas veces se presenta como un anfitrión ejemplar, alguien que “dio todo”. Desde allí, adopta una posición de superioridad moral, como si hablara desde un púlpito ético, explicando cómo debería ser una amistad y ubicándose por encima de lo que el otro puede ofrecer. La relación pasa a medirse en términos de cuánto dio cada uno y cuánto recibió.
Muchos habrán vivido situaciones así de reclamos cargados de reproche, celos encubiertos, una vivencia de victimización que es sostenida en una idea de justicia propia. Personas que se sienten moral y éticamente superiores, y que, al sentirse ofendidas, rompen el vínculo sin habilitar la posibilidad de alguna explicación o reparación. Deciden retirarse. No les interesa conservar la relación, les pesa más su orgullo y su verdad.
La pregunta es inevitable: ¿es tanto el dolor que sienten?
Heinz Kohut (1913–1981), fundador de la Psicología del Self, sentó las bases teóricas para comprender estructuras psíquicas que luego serían denominadas narcisismo vulnerable.
Desde la etimología, Narciso proviene del griego nārke, que significa entumecimiento, anestesia. De allí deriva también la palabra narcótico. Cabe entonces preguntarse si no estamos frente a una cierta insensibilidad hacia el otro, una dificultad para empatizar, como si el efecto narcótico impidiera registrar a un semejante.
¿Cuáles son los mecanismos psíquicos que predominan en estas personas y qué las lleva a actuar de este modo?
Se trata de sujetos con un yo frágil, que necesitan aprobación constante. Ponen a prueba los vínculos para sentirse valorados. Sostienen la relación en tanto perciban reconocimiento. Esperan atención permanente y un validación continua. En contextos sociales suelen hablar de sí mismos, de sus logros, habilidades o anécdotas, buscando impresionar. Son marcadamente autorreferenciales. Incluso cuando escuchan al otro, tienden a llevar el relato nuevamente hacía ellos.
Presentan una marcada hipersensibilidad al agravio. Están atentos a señales que, desde su lectura subjetiva, indicarían desinterés o desvalorización. Interpretan intenciones, vigilan conductas y juzgan qué se debe y qué no se debe hacer, siempre desde su propio código moral.
La amistad, para ellos, es cuantificable, favores, tiempo, intercambios. La ecuación es cuánto doy y cuánto recibo. Sin embargo, una amistad madura no se mide en términos cuantitativos, sino cualitativos. Lo central es la calidad del vínculo, no el balance de cuentas.
Subyace un miedo profundo a no importar, a quedar excluidos. Necesitan sentirse indispensables. Desde la Psicoterapia Cognitivo-Conductual se describe un pensamiento disfuncional llamado inferencia arbitraria, por ejemplo, cuando un amigo establece un vínculo con un tercero y esto es interpretado automáticamente como deslealtad.
Estas personas dan por sentado que los demás deberían saber lo que necesitan, sin que sea necesario pedirlo. Esperan ser ayudadas incluso sin solicitarlo. Conciben la amistad como un ejercicio de intuición y anticipación. Este modo suele tener raíces en experiencias tempranas, momentos en los que esperaron atención, comprensión, un llamado, un gesto, y nada de eso ocurrió. Vivencias de rechazo o desaprobación, muchas veces en el ámbito familiar.
La amistad con personas así se vuelve inestable. Nunca se sabe qué gesto será interpretado como ofensa. Uno se siente permanentemente evaluado. Viven en estado de examen, atentos a las conductas ajenas para confirmar si son queridos o rechazados. Este modo de vínculo es propio de una lógica infantil, opuesta a un vínculo adulto y explícito. En una relación madura, lo que se necesita se pide. No se examina al otro desde una posición de superioridad. No hay exclusión ni exclusividad. Las personas no compiten por ser elegidos como amigos.
Para el narcisista vulnerable, pedir ayuda activa creencias disfuncionales del tipo: “si necesito, no valgo” o “si tengo que pedir, no soy importante”. Esto incrementa la ansiedad y la vergüenza anticipada. La demanda queda inhibida y es reemplazada por expectativas implícitas y las lecturas personalizadas que hacen de la conducta ajena. Cuando el otro no responde espontáneamente, eso es vivido como rechazo o falta de afecto. El circuito se cierra con frustración y ahí llega la retirada del vínculo, sin posibilidad de confrontación ni reparación. El honor personal pesa más que la relación.
Si no hay una revisión interna, si no se trabajan las heridas tempranas que dieron origen a un yo frágil sostenido en la aprobación externa, estas personas repetirán vínculos marcados por la decepción, convencidos de que son los otros quienes “no saben querer”
A.D.M.
10-02-2026
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario